EL SÍNDROME DE LA ADOLESCENCIA NORMAL

 

 Por: Mauricio Knobel       

 Elaboración del resumen:

 Psic. María del Rocío Zaldívar Maldonado

Psic. Alberto Moreno Martínez

 

Esta lectura ha sido adaptada con la finalidad de ofrecer una mayor comprensión para aquellos aspectos afectivos que caracterizan al adolescente, desde una perspectiva psicoanalítica. Se trata de una presentación esquemática de un proceso fenomenológico que permite apreciar la expresión conductual y determinar las características de la identidad y del proceso adolescente. Los fenómenos subyacentes, de carácter dinámico, se interpretarán como el motor que determina este tipo de expresión de conducta.

Se destaca que al aceptar una “normal anormalidad” del adolescente, no implica ubicar a este en un cuadro nosológico, sino que tiene por objeto facilitar la comprensión de éste período de vida.

 

           Muchos autores al estudiar la adolescencia, destacan la importancia de los factores socioculturales en la expresión de ésta edad de la vida; aunque lo mismo cabría señalar para cualquier etapa vital del ser humano. Es por ello que el autor considera que cuando se establecen criterios diferenciales de tipo social, sociocultural, económico, etcétera, como predeterminantes en el estudio de la adolescencia, se está minimizando, por lo menos en parte, el problema básico y fundamental de la circunstancia evolutiva que significa esta etapa de la vida, con todo su bagaje biológico individualizante.

Este período de la vida, como todo fenómeno humano, tiene su exteriorización característica dentro del marco cultural-social en el cual se desarrolla. Así, debemos considerar la adolescencia como un fenómeno específico dentro de toda la historia del desarrollo humano, y así mismo dentro del tipo geográfico temporal e histórico social; ya que se ha observado en diferentes estudios que “los principios psicológicos fundamentales que obran en todos los ambientes sociales podrían ser los mismos”.

No hay duda alguna de que el elemento sociocultural influye con un determinismo específico en las manifestaciones de la adolescencia, pero también se debe tener en cuenta que tras esta expresión sociocultural existe un basamento psicobiológico que le da características universales.

La adolescencia está caracterizada fundamentalmente por ser un período de transición entre la pubertad y el estado adulto del desarrollo y que en las diferentes sociedades este período puede variar, como varía el reconocimiento de la condición adulta que se le da a al individuo. Sin embargo, existe, como base de todo este proceso, una circunstancia especial, que es la característica del proceso adolescente en sí, es decir, una situación que obliga al individuo a reformularse los conceptos que tiene acerca de sí mismo y que lo lleva a abandonar la autoimagen infantil y a proyectarse en el futuro de su adultez. El problema de la adolescencia debe ser tomado como un proceso universal de cambio, de desprendimiento, pero que se teñirá de connotaciones externas peculiares de cada cultura, que lo favorecerán o dificultarán según las circunstancias.

Abstraer la adolescencia del continum que es el proceso evolutivo y estudiarla como una etapa, para este autor es un adultomorfismo que es necesario superar, ya que induce a prejuicios de investigación a los que después resulta difícil abstraerse. Esto implica negar que el sino de la adolescencia es integrarse en ese mundo del adulto en donde tendrá que aceptar su nueva configuración de ser humano, su morfología adulta y la capacidad del ejercicio de su genitalidad para la procreación.

Se ha llegado a definir la adolescencia como “La etapa de la vida durante la cual el individuo busca establecer su identidad adulta, apoyándose en las primeras relaciones objetales-parentales internalizadas y verificando la realidad que el medio social le ofrece, mediante el uso de elementos biofísicos en desarrollo a su disposición y que a su vez tienden a la estabilidad de la personalidad en un plano genital, lo que sólo es posible si se hace el duelo por la identidad infantil”, siendo la identidad un continum.

            Este proceso de duelo es básico y fundamental y la estabilización de la personalidad no se logra si no pasa por cierto grado de conducta “patológica”, que se podría considerar inherente a la evolución normal de esta etapa de la vida.

            Frente a un mundo cambiante y a un individuo que, como adolescente, presenta una cantidad de actitudes también cambiantes, éste no puede sino manejarse en una forma muy especial, que de ninguna manera puede compararse siquiera con lo que sería una verdadera normalidad en el concepto adulto del término.

El concepto de normalidad no es fácil de establecer, ya que en general varía con relación con el medio socioeconómico, político y cultural como ya se había indicado. Por lo tanto, resulta generalmente una abstracción con validez operacional para el investigador que, ubicado en un medio determinado, se rige por las normas sociales vigentes implícitas o explícitas

La normalidad se establece sobre las pautas de adaptación al medio, y que no significa sometimiento al mismo, sino más bien la capacidad de utilizar los dispositivos existentes para el logro de las satisfacciones básicas del individuo en una interacción permanente que busca modificar lo displacentero o lo inútil a través del logro de sustituciones para el individuo y la comunidad. Sin embargo, se debe reconocer que la personalidad bien integrada no siempre es la mejor adaptada, pero tiene sí, la fuerza interior para como para advertir el momento en que una adaptación temporaria del medio puede estar en conflicto con la realización de objetivos básicos, y puede también modificar su conducta de acuerdo a sus necesidades circunstanciales. Este es el aspecto de la conducta en que el adolescente en términos generales puede fallar. Al vivir una etapa fundamental de transición, su personalidad tiene características especiales que lo pueden ubicar entre las llamadas personalidades “marginales”, en el sentido de la adaptación e integración.

Algunos psicoanalistas, como Ana Freud, dicen que es difícil señalar el límite entre lo normal y lo patológico en la adolescencia, y consideran que en realidad todo este período de vida debe ser estimado como normal, señalando además que sería anormal la presencia de un equilibrio estable durante el proceso adolescente.

Las luchas y rebeldías externas del adolescente no son más que reflejos de los conflictos de dependencia infantil que íntimamente aún persisten. Los procesos de duelo obligan a actuaciones que tiene características defensivas según el individuo y sus circunstancias. Es por ello que el autor considera que se puede hablar de una patología normal del adolescente, en el sentido de que precisamente ésta exterioriza sus conflictos de acuerdo con su estructura y sus experiencias.

Así, se considera a la adolescencia más que una etapa estabilizada. Es proceso, desarrollo, y por lo tanto su aparente patología debe admitirse y comprenderse para ubicar sus desviaciones en el contexto de la realidad humana que le rodea.

De acuerdo a lo que se conoce, el adolescente atraviesa por desequilibrios e inestabilidad extremas. Muestra periodos de elación, de ensimismamiento, alternando con audacia, timidez, incoordinación, urgencia, desinterés o apatía, que se suceden o son concomitantes con conflictos afectivos, crisis religiosas en las que se puede oscilar de un ateísmo anárquico al misticismo fervoroso, intelectualizaciones y postulaciones filosóficas, ascetismo, conductas sexuales dirigidas al heteroerotismo y hasta la homosexualidad ocasional. Esto es lo que se llamaría “síndrome normal de la adolescencia”. La mayor o menor anormalidad de este síndrome normal, de distintas culturas, se deberá, en gran parte, a los procesos de identificación y de duelo que haya podido realizar el adolescente. En la medida en que haya elaborado duelos, que son en última instancia los que llevan a la identificación, el adolescente verá su mundo mejor fortificado y, entonces, esta normal anormalidad será menos conflictiva y por lo tanto menos perturbadora.

Sintetizando las características de la adolescencia, se describe la siguiente sintomatología que integrará éste síndrome:

 

1.      Búsqueda de sí mismo y de la identidad

 

            El período infantil y de la adolescencia no deben ser vistos sólo como una preparación para la madurez, sino que es necesario enfocarlos con un criterio del momento actual del desarrollo y de lo que significa el ser humano en éstas etapas de la vida.

El poder utilizar la genitalidad en la procreación es un hecho biopsicodinámico que determina una modificación esencial en el proceso de logro de una identidad adulta y que caracteriza la turbulencia e inestabilidad de la identidad del adolescente. El niño entra en la adolescencia con dificultades, conflictos e incertidumbres que se magnifican en ese momento vital, para salir luego a la madurez estabilizada con determinado carácter y personalidad adultos. La idea del sí mismo o “self” implica algo mucho más amplio en todas las etapas del desarrollo. Es el conocimiento de la individualidad biológica y social, del ser psicofísico en su mundo circundante que tiene características especiales en cada edad evolutiva. La consecuencia final de la adolescencia sería un conocimiento de sí mismo como entidad biológica en el mundo, el todo biopsicosocial de cada ser en ese momento de la vida. Al concepto de “self” como entidad psicológica, se une lo físico y psicológico de la personalidad. El cuerpo y el esquema corporal son dos variables interrelacionadas para definir el sí mismo y la identidad.

El esquema corporal es una resultante intrapsíquica de la realidad del sujeto, es decir, es la representación mental que el sujeto tiene se su propio cuerpo como consecuencia de sus experiencias en continua evolución. Aquí son de fundamental importancia los procesos de duelo con respecto al cuerpo infantil perdido, que obligan a una modificación del esquema corporal y del conocimiento físico del sí mismo en una forma muy característica para este período.

El autoconcepto se logra en la medida en que se va desarrollando el sujeto, y va cambiando e integrando con las concepciones que acerca de él mismo tienen muchas personas, grupos e instituciones, y va asimilando todos los valores que constituyen el ambiente social. Concomitantemente se va desarrollando ese sentimiento de identidad como una verdadera experiencia de “autoconocimiento”. Asimismo, será necesario integrar lo pasado, lo experienciado y lo internalizado (y también lo desechado), con las nuevas exigencias del medio y con las urgencias instintivas. El adolescente necesitará darle a todo esto una continuidad dentro de la personalidad, por lo que establece una búsqueda de un nuevo sentimiento de continuidad y de mismidad; es decir, necesitará atender al problema clave del adolescente: la identidad.

En la búsqueda de la identidad, el adolescente recurre a situaciones que se presentan como más favorables en el momento. Una de ellas es la de uniformidad (tendencia grupal), que brinda seguridad y estima personal. Ocurre aquí el doble proceso de identificación masiva, en donde todos se identifican con cada uno y que explica, por lo menos en parte, el proceso grupal en que participa el adolescente.

En ocasiones, la única solución puede ser la de buscar lo que autores con Erickson ha llamado también “una identificación negativa”, basada en identificaciones con figuras negativas pero reales. Es preferible ser alguien perverso, indeseable, a no ser nada. Esto constituye una de las basas del problema de las pandillas de delincuentes, los grupos de homosexuales, los adictos a las drogas, etcétera. Esto ocurre muchas veces, sobre todo cuando ya hubo trastornos en la identidad infantil. Además, cuando los procesos de duelo por los aspectos infantiles perdidos se realizan en forma patológica, la necesidad del logro de una identidad suele hacerse sumamente imperiosa para poder abandonar al niño, que se sigue manteniendo.

Aquí se destaca la posibilidad de una disconformidad con la personalidad adquirida y el deseo de lograr otra por medio de una identificación a través de otros. Esta puede movilizarse por la envidia, uno de los sentimientos más importantes que entran en juego en las relaciones.

Existen problemas de pseudoidentidad, expresiones manifiestas de lo que se quisiera o pudiera ser y que ocultan identidad latente, la verdadera, lo cual puede llevar al adolescente a adoptar distintas identidades; por ejemplo: las identidades transitorias, que son las adoptadas durante un cierto periodo, como el lapso de machismo en el varón o la precoz seducción en la niña. Las identidades ocasionales son las que se dan frente a situaciones nuevas, como por ejemplo en el primer encuentro con la pareja, el primer baile, etcétera, y las identidades circunstanciales que son las que conducen a identificaciones parciales transitorias que son las que suelen confundir al adulto, sorprendido a veces ante los cambios en la conducta de un mismo adolescente que recurre a este tipo de identidad, como cuando el padre ve a su hijo adolescente, de acuerdo a como lo ven en el colegio, en el club, etcétera, y no como habitualmente lo ve en su hogar y en su relación con él mismo.

Este tipo de identidades es adoptado sucesivamente o simultáneamente por los adolescentes según las circunstancias. Así, la identidad adolescente surge como una serie de características fundamentales relacionadas con el proceso de separación de las figuras parentales, con aceptación de una identidad independiente. Mientras esto se realiza, se configura un sentimiento depresivo que precipita un anhelo de completarse, que en muchos individuos produce un “sentimiento anticipatorio de ansiedad y depresión referida al yo”. Durante la adolescencia todo esto ocurre con una intensidad muy marcada.

La situación cambiante que significa la adolescencia obliga a reestructuraciones permanentes externas e internas que son vividas como intrusiones dentro del equilibrio lograda en la infancia y que obligan al adolescente, en el proceso para lograr su identidad a tratar de refugiarse férreamente en su pasado mientras trata también de proyectarse internamente en el futuro.

Realiza un verdadero duelo por el cual al principio niega la pérdida de sus condiciones infantiles y tiene dificultades en aceptar las realidades más adultas que se le van imponiendo, entre las que, por supuesto, se encuentran fundamentalmente las modificaciones biológicas y morfológicas de su propio cuerpo.

Algunos autores separan la pubertad de la adolescencia, por cuanto la última implicaría algo más que los cambios físicos, pero no hay duda alguna de que estos cambios participan activamente del proceso adolescente, al punto de formar con él un todo indehiscente. Todos los cambios de éste período crean una gran preocupación. A veces la ansiedad es tan grande que surge una disconformidad con la propia identidad, que se proyecta entonces en el organismo.

Estos cambios son percibidos no sólo en el exterior corporal sino como una sensación general de tipo físico, creando así un duelo, el cual se efectúa y requerirá un tiempo para ser elaborado y no tener las características de una actuación de tipo maniaco o psicopático, lo que explica que el verdadero proceso de entrar y salir de la adolescencia sea tan largo y no siempre plenamente logrado.

Así, la identidad adolescente es la que se caracterizará por el cambio de relación del individuo, básicamente con sus padres. En la adolescencia el individuo da un nuevo paso para estructurarse en la preparación para la adultez.

  

2. La tendencia grupal

 

   Ya se ha señalado en el apartado anterior, que en la búsqueda por su identidad, el adolescente recurre como comportamiento defensivo a la búsqueda de uniformidad que puede brindar seguridad y estima personal. En ésta etapa hay un proceso de sobreidentificación masiva, en donde todos se identifican con cada uno. A veces el proceso es tan intenso que la separación del grupo parece casi imposible y el individuo pertenece más al grupo de coetáneos que al grupo familiar. No puede apartarse de la “barra” ni de sus caprichos o modas, vestimenta, costumbres, preferencias de distinto tipo, etcétera.

            El fenómeno grupal adquiere una importancia trascendental ya que se transfiere al grupo gran parte de la dependencia que anteriormente se mantenía con la estructura familiar y con los padres en especial. El grupo constituye así la transición necesaria en el mundo externo para lograr la individuación adulta. Después de pasar por la experiencia grupal, el individuo podrá empezar a separarse de la “barra” y asumir identidad adulta. Cuando durante este período de la vida el individuo sufre un fracaso de personificación, producto de la necesidad de dejar rápidamente los atributos infantiles y asumir una cantidad de obligaciones y responsabilidades para las cuales aún no está preparado, recurre al grupo como un refuerzo para su identidad. Se ve también que una de las luchas más despiadadas es la que se lleva a cabo en defensa de la independencia en un momento en que los padres desempeñan todavía un papel muy activo en la vida del adolescente. Por eso es que en el fenómeno grupal, el adolescente busca un líder en el cual someterse, o si no, se erige él en el líder para ejercer el poder del padre o de la madre.

El adolescente siente que están ocurriendo procesos de cambio, y el grupo viene a solucionar gran parte de sus conflictos. El fenómeno grupal facilita la conducta psicopática normal en el adolescente, es decir, aparecen conductas de desafecto, de crueldad, de indiferencia, de falta de responsabilidad, que son típicas de la psicopatía, pero que se encuentran en la adolescencia normal en forma circunstancial y transitoria.

 

3.      Necesidad de intelectualizar y fantasear.

 

            La necesidad de intelectualizar y fantasear se da como una de las formas típicas del pensamiento del adolescente. La necesidad que la realidad impone de renunciar al cuerpo, al rol y a los padres de familia, así como a la bisexualidad que acompaña a la identidad infantil, enfrenta al adolescente con una vivencia de fracaso a la realidad externa. Esto obliga también al adolescente a recurrir al pensamiento para compensar las pérdidas que ocurren dentro de sí mismo y que no puede evitar; por lo que las fantasías inconscientes y la intelectualización sirven como mecanismos defensivos frente a éstas situaciones de pérdida tan dolorosas.

La incesante fluctuación de la identidad adolescente, que se proyecta como identidad adulta en un futuro muy próximo, adquiere caracteres que suelen ser muy angustiantes y que obliga a un refugio interior que es muy característico. Esta huida al mundo interior permite una especie de reajuste emocional, un autismo positivo en el que se da un “incremento de la intelectualización” que lleva a la preocupación por principios éticos, filosóficos y sociales, que no pocas veces llevan a formularse un plan de vida muy distinto al que se tenía hasta ese momento y que también permite la teorización acerca de grandes reformas que pueden ocurrir en el mundo exterior. Surgen entonces las grandes teorías filosóficas, los movimientos políticos, las ideas de salvar a la humanidad, etcétera. También es entonces cuando el adolescente comienza a escribir versos, novelas, cuentos y se dedica a las actividades literarias, artísticas, etcétera.

Es preciso concluir que esto no implica que todas las manifestaciones artísticas, culturales y políticas de los adolescentes tengan que terminarse en este sustrato, ni que siempre respondan a situaciones conflictivas inmanejables.

 

4.      Las crisis religiosas.

 

            En cuanto a la religiosidad, el adolescente puede manifestarse como un ateo exacerbado o como un místico fervoroso. Por supuesto, entre ellas hay una gran variedad de posiciones religiosas y cambios muy frecuentes. Es común observar que un mismo adolescente pasa incluso por períodos místicos o por períodos de un ateísmo absoluto. Surge una preocupación metafísica con gran intensidad, y las frecuentes crisis religiosas no son mero reflejo caprichoso de lo místico, como a veces suele aparecer a los ojos de los adultos, sino intentos de solución de la angustia que vive el yo en su búsqueda de identificaciones positivas y con el enfrentamiento del fenómeno de la muerte definitiva de su yo corporal. Así, la figura de una divinidad, de cualquier tipo de religión, puede representar para él una salida mágica.

De tal manera que para la construcción definitiva de una ideología, así como de valores éticos o morales, es preciso que el individuo pase por algunas idealizaciones persecutorias y después las abandone por objetos idealizados para luego sufrir un proceso de desidealización que permita construir nuevas y verdaderas ideologías de vida.

 

5.      La desubicación temporal

 

            Desde el punto de vista de la conducta observable, es posible decir que el adolescente vive con una cierta desubicación corporal; convierte el tiempo en presente y en activo como un intento de manejarlo. En cuanto a su expresión de conducta, el adolescente parecería vivir en proceso primario con respecto a lo temporal, es decir, las urgencias son enormes y a veces las postergaciones son aparentemente irracionales.

Observamos aquí conductas que desconciertan al adulto. El padre que recrimina a su hijo que estudie porque tiene un examen inmediato se encuentra desconcertado frente a la respuesta del adolescente: “Pero si tengo tiempo, el examen es...mañana”. Es el caso igualmente desconcertante para los adultos, de la joven adolescente que llora angustiada frente a su padre quejándose de la actitud desconsiderada de la madre que no contempla sus necesidades “inmediatas” de tener ese vestido nuevo para su próximo baile. En esas circunstancias el padre trata de solidarizarse con la urgencia de la hija y comprende la necesidad del traje nuevo para esa reunión social tan importante para ella; cuando interroga a la madre del por qué de su negativa, se encuentra sorprendido con la respuesta de que ese baile se va a efectuar dentro de...tres meses.

Sin embargo, es durante la adolescencia que la dimensión temporal va adquiriendo lentamente características discriminatorias. A las dificultades del adolescente para diferencias externo-interno, adulto-infantil, etcétera, se agrega la dificultad para distinguir presente-pasado-futuro. En él se puede unir el “pasado y el futuro en un devorador presente”, presente que tiene características no discriminadas y que por lo tanto implicaría temporalidad diferente.

Aceptar la pérdida de la niñez significa aceptar la muerte de una parte del yo y sus objetos para poder ubicarlos en el pasado. En una elaboración patológica, este pasado puede amenazar con invadir al individuo, aniquilándolo.

Como defensas, el adolescente especializa el tiempo, para poder manejarlo, viviendo su relación con él mismo como un objeto. Si se niega el pasaje del tiempo, puede conservarse el niño adentro del adolescente como un objeto muerto-vivo, lo que se relacionará con el sentimiento de soledad tan típico de los adolescentes, que presentan estos períodos en que se encierran en sus cuartos, se aíslan y se retraen. Estos momentos de soledad suelen ser necesarios para que afuera pueda quedar el tiempo pasado, el futuro y el presente, convertidos así en objetos manejables. La verdadera capacidad de estar solo es un signo de madurez que sólo se logra después de estas experiencias de soledad a veces angustiantes en la adolescencia.

Mientras esto ocurre, la noción temporal del adolescente es de características corporales o rítmicas, o sea, basadas en el tiempo de comer, de defecar, de jugar, de dormir, de estudiar, creando así un tiempo vivencial.

A medida que se van elaborando los duelos típicos de la adolescencia, la dimensión temporal adquiere otras características. Surge entonces la conceptualización del tiempo, que implica la noción discriminada de pasado, presente y futuro, con la aceptación de la muerte de los padres y la pérdida definitiva de su vínculo con ellos y la propia muerte.

La percepción y la discriminación de lo temporal es una de las tareas más importantes de la adolescencia, vinculada con la elaboración de los duelos típicos de esa edad. Cuando éste puede reconocer un pasado y formular proyectos de futuro, con capacidad de espera y con elaboración en el presente, supera gran parte de la problemática de la adolescencia, de ahí que se considere que la búsqueda de la identidad adulta del adolescente esté estrechamente vinculada con su capacidad de conceptuar el tiempo.

 

6.      La evolución sexual desde el autoerotismo hasta la heterosexualidad.

 

            En la evolución del autoerotismo a la heterosexualidad que se observa en el adolescente, se puede describir un oscilar permanente entre la actividad de tipo masturbatorio y los comienzos del ejercicio genital, que tiene características especiales en esta fase de desarrollo, donde hay más un contacto genital de tipo exploratorio y preparatorio, que la verdadera genitalidad procreativa, que sólo se da, con la correspondiente capacidad de asumir el rol parental, recién en la adultez.

Al ir aceptando su genitalidad, el adolescente inicia su búsqueda de la pareja en forma tímida pero intensa. Es el período en que comienzan los contactos superficiales, las caricias –cada vez más profundas y más íntimas- que llenan la vida sexual del adolescente.

El enamoramiento apasionado es también un fenómeno que adquiere características singulares en la adolescencia y que presenta todo aspecto de los vínculos intensos pero frágiles de la relación interpersonal del adolescente. El primer episodio de enamoramiento ocurre en la adolescencia temprana y suele ser de gran intensidad. Aparece ahí el llamado “amor a primera vista” que no sólo no puede ser correspondido, sino que incluso puede ser totalmente ignorado por la parte amada de la pareja, que ocurre cuando ese ser amado es una figura idealizada, un actor de cine, una estrella del deporte, etcétera, que tiene en realidad las características de un claro sustituto parental al que el adolescente se vincula con fantasías edípicas.

La relación heterosexual que ocurre en la adolescencia tardía es un fenómeno mucho más frecuente de lo que habitualmente se considera en el mundo de los adultos de diferentes clases sociales. Los adultos tratan de negar la genitalidad del adolescente y no sólo minimizan su capacidad de relación genital heterosexual sino que, por supuesto, la dificultan.

Un número considerable de adolescentes realiza en acto sexual completo, de características genitales; pero éste tiene más un carácter exploratorio, de aprendizaje de su genitalidad, que de un verdadero ejercicio genital adulto de tipo procreativo con las responsabilidades y placeres concomitantes.

En esta etapa surge la curiosidad sexual, expresada en el interés por las revistas pornográficas, tan frecuentes en los adolescentes, el exhibicionismo, el voyeurismo que también se observan sobre todo en la vestimenta, el cabello, el tipo de bailes, etcétera.

Los cambios biológicos que operan en la adolescencia producen gran ansiedad y preocupación, que el adolescente debe resistir en forma pasiva e impotente ante los mismos. La tentativa de negar la pérdida del cuerpo y el rol infantil, especialmente provocan modificaciones en el esquema corporal que se tratan de negar en la elaboración de los procesos de duelo normales de la adolescencia.

Es normal que en la adolescencia aparezcan periodos de predominio de aspectos femeninos en el varón y masculinos en la niña. Por lo que es necesario tener siempre presente el concepto de bisexualidad, y aceptar que la posición heterosexual adulta exige un proceso de fluctuaciones y aprendizaje en ambos roles.

Es preciso tener en consideración que el ejercicio genital procreativo sin asumir la responsabilidad consiguiente, no es un índice de madurez genital, sino más bien de serias perturbaciones en este nivel, ya que frecuentemente se observan matrimonios consumados por adolescentes o por personas jóvenes con características francamente adolescentes, que muestran su total incapacidad para asumir los roles adultos correspondientes y que, por lo tanto, están condenados a un fracaso irremediable.

La sexualidad es vivida por el adolescente como una fuerza que se impone en su cuerpo y que lo obliga a separarlo de su personalidad mediante un mecanismo, por medio del cual el cuerpo es algo externo y ajeno a sí mismo. Frecuentemente oímos a los adolescentes que hablan de sus relaciones sexuales como algo no necesario para ellos, sino para su pene o su vagina, o para su “salud corporal”, observándose una verdadera negación de su genitalidad. Así, al tratar de recuperar su bisexualidad, optan por la masturbación. Ésta es fundamentalmente un intento de recuperar su bisexualidad que a veces se exterioriza por la práctica homosexual.

Tratando de buscar una definición genital, el adolescente suele tener que pasar por periodos de homosexualidad, que habitualmente pueden ser una expresión de una proyección de la bisexualidad perdida y anhelada, en otro individuo del mismo sexo. De esta manera podría el adolescente, en su fantasía, recuperar el sexo que se está perdiendo en el proceso de identificación genital.

No deben, pues, alarmar a nadie las situaciones fugaces de homosexualidad que presenta el adolescente, y sobre todo aquellas que aparecen enmascaradas a través de contactos entre adolescentes del mismo sexo, salidas, bailes, etcétera.

Tanto en esta homosexualidad normal y transitoria, como en la actividad genital previa, y la genital preparatoria para la genitalidad procreativa, el proceso masturbatorio está presente desde la temprana edad hasta la adolescencia avanzada.

La actividad masturbatoria en la primera infancia tiene una finalidad exploratoria y preparatoria para la futura adaptación a la genitalidad; es una experiencia lúdica en la cual las fantasías edípicas son manejadas y modificadas en la pubertad y la adolescencia, aunque suele, por esa razón, ser muy destructivas y cargadas de culpa más que en la infancia. Sin embargo, la masturbación debe ser considerada como un fenómeno normal de la adolescencia ya que le permitirá considerar a sus genitales ya no como algo ajeno a su propio cuerpo, sino que intenta recuperarlos e integrarlos a todo el concepto de sí mismo, formando finalmente una identidad genital adulta con capacidad procreativa, con independencia real y capacidad de formar una pareja estable en su propio espacio y en su propio mundo.

 

7.      Actitud social reivindicadora.

 

            No todo el proceso de la adolescencia depende del adolescente mismo, como una unidad aislada en un mundo que no existiera. No hay duda alguna de que la constelación familiar es la primera expresión de la sociedad que influye y determina la conducta del adolescente.

            Los adultos viven muchas cosas de sus adolescentes. La aparición de la instrumentación de su genitalidad, como una realidad concreta en la vida del adolescente, también es percibida por sus padres. Es sabido que muchos padres se angustian y atemorizan frente al crecimiento de sus hijos, reviviendo sus propios conflictos. No son ajenos los padres a las ansiedades que despierta la genitalidad de los hijos y el desprendimiento de los mismos, y los celos que esto implica. Así, se provoca lo que algunos autores han denominado la situación de la “ambivalencia dual”, ya que la misma situación ambivalente que presentan los hijos separándose de los padres, la presentan ellos al ver que aquellos se alejan.

            Sería, in duda, una grave sobresimplificación del problema de la adolescencia, el atribuir todas las características del adolescente a su cambio psicobiológico, como si en realidad todo esto no estuviese ocurriendo en su ámbito social.. Las primeras identificaciones son las que se hacen con las figuras parentales, pero no hay duda alguna de que el medio en que se vive determina nuevas posibilidades de identificación, futuras aceptaciones de identificaciones parciales e incorporación de una gran cantidad de pautas socioculturales y económicas que no es posible minimizar.

            La cultura modifica enormemente las características exteriores del proceso, aunque las dinámicas intrínsecas del ser humano sigan siendo las mismas. El comprender los patrones culturales puede ser sumamente importante para determinar ciertas pautas exteriores de manejo de la adolescencia, pero el comprender la adolescencia en sí misma es esencial para que estas pautas culturales puedan ser modificadas y utilizadas adecuadamente cuando el adolescente claudique.

            No es una simple casualidad que la entrada a la pubertad esté tan señalada en casi todas las culturas. Los llamados ritos de iniciación son muy diversos, aunque tienen fundamentalmente la misma base: la rivalidad que los padres del mismo sexo sienten al tener que aceptarlos como sus iguales –y posteriormente incluso admitir la posibilidad e ser reemplazados por los mismos-, a sus hijos, que así se identifican con ellos. La sociedad a veces se hace cargo de imponer soluciones, aunque éstas muchas veces son de manera cruel. Es conocida la rigidez de algunos padres en las formalidades que exigen a la conducta de sus hijos adolescentes, las limitaciones brutales que suelen imponer, la ocultación maliciosa que hacen de la sexualidad, el tabú de la menarca, las negociaciones de tipo “moralista” que contribuyen a reforzar las ansiedades paranoides de los adolescentes.

            También es conocida la contradicción de nuestra sociedad contemporánea, donde las posibilidades materiales para el ser humano son enormes, especialmente en los llamados países de afluencia, y donde sin embargo, todo se hace prácticamente imposible al adolescente. Podemos sentarnos frente a la pantalla de un televisor en nuestro propio hogar y ver lo que pasa en los países más alejados y en las sociedades más desconocidas, ahí podemos reconocer la falacia de nuestras costumbres y podemos intentar modificarlas.

            La sociedad, aun manejada de diferente manera y con distintos criterios socioeconómicos, impone restricciones a la vida del adolescente. Éste, con su pujanza, con su actividad, con la fuerza reestructuradora de su personalidad, trata de modificar la sociedad, que, por otra parte, está viviendo constantemente modificaciones intensas. Teniendo conciencia de la traspolación que significa, es posible decir que se crea un malestar en el mundo adulto que se siente amenazado por los jóvenes que van a ocupar ese lugar y que, por lo tanto, son desplazados. El adulto proyecta en el joven su propia incapacidad por controlar lo que está ocurriendo sociopolíticamente a su alrededor, y trata entonces de desubicar al adolescente. Vemos que muchas veces las oportunidades para los adolescentes están muy restringidas y en no pocas oportunidades el adolescente tiene que adaptarse, sometiéndose a las necesidades que el mundo adulto le impone.

            En la medida en que el adolescente no encuentra el camino adecuado para su expresión vital y la aceptación de una posibilidad de realización, no podrá ser nunca un adulto satisfecho. Muchas veces frente a las múltiples vicisitudes, la reacción de la adolescencia, aunque violenta, no puede adoptar la forma de reestructuración revolucionaria, conducente a una liberación de una sociedad cruel y limitante, aunque produzca inestabilidad o una sensación de fracaso, deberá de tratar de superarlo de cualquier manera y a cualquier precio.

            Las actitudes reivindicatorias y de reforma social del adolescente pueden ser la cristalización en la acción, de lo que ha ocurrido en el pensamiento. Las intelectualizaciones, las fantasías y sus propias necesidades refuerzan un yo grupal, creando un pensamiento activo.

            Frente al duelo por los padres de la infancia, de la cual ya se ha hablado, el adolescente descarga todo su odio y su envidia y desarrolla actitudes destructivas. Si puede elaborar bien este duelo y reconocer la sensación de fracaso, podrá introducirse en el mundo de los adultos con ideas reconstructivas modificadoras, en un sentido positivo, de la realidad social, y tendientes a que cuando se ejerza su identidad adulta, pueda encontrarse realmente en un mundo mejor.

 

8.      Contradicciones sucesivas en todas las manifestaciones de la conducta.

 

La conducta de adolescente está dominada por la acción, que constituye la forma más típica de expresión en éstos momentos de la vida. El adolescente no puede mantener una línea de conducta rígida, permanente y absoluta, aunque muchas veces lo intenta y lo busca.

Muchas veces se ha hablado de la personalidad del adolescente como “esponjosa”. Es una personalidad permeable, que recibe todo y que también proyecta enormemente, es decir, es una personalidad en la que los procesos de proyección e introyección son intensos, variables y frecuentes.

Esto hace que no pueda haber una línea de conducta determinada que ya indicaría la alteración de la personalidad del adolescente. Por eso se ha venido hablando de una “normalidad-anormalidad”, de una inestabilidad permanente del adolescente. Es el mundo adulto el que no tolera los cambios de conducta del adolescente, el que no acepta que los adolescentes puedan tener identidades ocasionales, transitorias y circunstanciales y por ende exige de él una identidad adulta, que pos supuesto no tienen por qué tener.

 

9.      Separación progresiva de los padres.

 

            Ya se ha indicado que uno de los duelos fundamentales que tiene que elaborar el adolescente es el duelo por los padres de la infancia. Por lo tanto, una de las tareas básicas concomitantes a la identidad del adolescente, es la de ir separándose de los padres, lo que está favorecido por el determinismo que los cambios biológicos imponen en un momento cronológico del individuo. La aparición de la genitalidad impone la separación de los padres y reactiva los aspectos genitales que se habían iniciado previamente. La intensidad y calidad de la angustia con que se maneja la relación con los padres y su separación de éstos, estará determinada por la forma en que se ha realizado y elaborado la fase genital previa de cada individuo, a la que se sumarán las experiencias infantiles anteriores y ulteriores y la actual de la propia adolescencia.

            No son ajenos los padres a las ansiedades que despiertan la genitalidad y el desprendimiento rea, y a los celos que esto implica en los hijos y en ellos mismos. La evolución de la sexualidad depende en gran medida de cómo los mismos padres acepten los conflictos y el desprendimiento que los hijos de una manera u otra pueden expresar.

            Muchas veces los padres niegan el crecimiento de los hijos y los hijos viven a los padres con características persecutorias acentuadas. Esto ocurre especialmente si la infancia se ha desarrollado con dificultades. Si la figura de los padres aparece con roles bien definidos, en una unión amorosa y creativa, puede ser un vínculo que el adolescente buscará realmente. Ello significa que la presencia internalizada de buenas imágenes parentales, con roles bien definidos, permitirá una buena separación de los padres, un desprendimiento útil, y facilitará al adolescente el pasaje a la madurez, para el ejercicio de la genitalidad en un plano adulto. Por otro lado, no muy definidas en sus roles, pueden aparecer ante el adolescente como desvalorizadas y obligarlo a buscar identificaciones con personalidades más consistentes y firmes; con ídolos de distinto tipo: cinematográficos, deportivos, etcétera, haciéndose estas identificaciones como sujetos parentales. Las relaciones con maestros, compañeros mayores, adquieren características parentales y pueden empezar a establecer relaciones mucho más satisfactorias.

 

10. Constantes fluctuaciones del humor y del estado de ánimo.

 

            Ya se ha señalado que el fenómeno de duelo acompaña a la adolescencia, no sin provocar ansiedad y depresión.

            La cantidad y calidad de la elaboración de los duelos de la adolescencia determinarán la mayor o menor intensidad de sus sentimientos. En el proceso de fluctuaciones dolorosas permanentes, la realidad no siempre satisface las aspiraciones del adolescente, por lo que realiza intentos de conexión placentera, que no siempre logra, y la sensación de fracaso frente a ésta búsqueda puede ser muy intensa y obligar al individuo a refugiarse en sí mismo. Se produce un repliegue autista que es tan singular en el adolescente y que puede dar lugar a ese sentimiento de soledad tan característica de esa tan típica situación de “frustración y desaliento” o “aburrimiento”.

            Los cambios de humor son típicos de la adolescencia y es preciso entenderlos sobre los procesos de duelo por la pérdida de sus objetos parentales y su propio cuerpo infantil, al fallar sus intentos de elaboración, aparecen los cambios de humor y pueden aparecer como microcrisis.

  

RESUMIENDO:

 

            Poder aceptar la anormalidad habitual en el adolescente, vista desde el ángulo de la personalidad idealmente sana o de la personalidad normalmente adulta, permitirá un acercamiento más productivo a éste período de vida. Podrá determinar el entender al adolescente desde es punto de vista adulto. Facilitándole su proceso evolutivo hacia la identidad que busca y necesita. Solamente si el mundo adulto lo comprende adecuadamente y facilita su tarea evolutiva, el adolescente podrá desempeñarse correcta y satisfactoriamente, gozar de su identidad, de todas sus situaciones, aún de las que aparentemente tiene raíces patológicas, para elaborar una personalidad más sana y feliz.

            De lo contrario, siempre se proyectarán en el adolescente las ansiedades del adulto y se producirá ese colapso o crisis de enfrentamiento generacional, que dificulta el proceso evolutivo y no permite el goce real de la personalidad.